El debate sobre la agresión. Parte 1

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El debate sobre la agresión. Parte 1

Debatir sobre el fenómeno de la agresión ha llevado a los profesionistas a discutir sobre diferentes teorías y modelos explicativos; estos intentos por  comprender la agresión han generado discusiones que van desde la existencia de un instinto innato en el ser humano, hasta considerarlo como una respuesta natural/normal a ciertos estímulos, todas estas explicaciones por supuesto sin descartar el papel del aprendizaje, tanto individual como colectivo, los factores genéticos, de personalidad, etc.

Se pretende, mediante la exposición de algunas teorías e investigaciones, realizar un breve análisis de este fenómeno para así dar cuenta de su complejidad, desde lo biológico hasta lo social.

 

El debate sobre lo instintivo y lo innato

Para los psicólogos evolucionistas David Buss y Todd Shackelford (1997; citados en Myers, 2000), el comportamiento agresivo constituía una estrategia para nuestros antepasados, desarrollada para obtener recursos, defenderse contra los ataques, intimidar o eliminar a los rivales y así quedarse con las hembras y también para disuadir a la pareja de la infidelidad sexual; la agresión cumplía un papel importante en los albores de las primeras civilizaciones, sin la cual la supervivencia pareciera casi imposible.

Por otro lado, en el siglo XX, Sigmund Freud en el desarrollo teórico del psicoanálisis, establece la existencia de dos instintos en el ser humano: el instinto de vida o Eros y el instinto de muerte o Tánatos.

De acuerdo con Freud, los instintos de vida o sexuales permiten el encuentro con otras células vivas, son más resistentes contra lo exterior y conservan la vida por más tiempo. Mientras los instintos de vida avanzan, los de muerte retroceden. El instinto de muerte puede actuar silenciosamente al interior del individuo persiguiendo su destrucción o bien orientarse hacia el mundo exterior, como impulso de agresión y destrucción (López, 2004).

En el caso del psicoanálisis la existencia de la agresión implica que los seres humanos poseen un “instinto de agresión”, una energía acumulada que necesite ser liberada. Por el contrario, en las perspectivas evolucionistas, los hombres han heredado de sus ancestros exitosos mecanismos psicológicos que aumentan sus posibilidades de contribuir con sus genes a generaciones futuras (Myers, 2000).

Estas dos perspectivas consideran la agresión como algo que pertenece a la naturaleza del ser humano y que ha sido parte de su naturaleza, en el caso del psicoanálisis al considerarla como una pulsión y en el caso de las perspectivas evolucionistas como una estrategia para adaptarse al medio circundante y sin la cual no habríamos podido sobrevivir como especie.

 

El debate sobre los genes

Hay estructuras biológicas codificadas en nuestros genes que intervienen en nuestro comportamiento, las diferencias que hay en estas estructuras y los sistemas biológicos entre personas son la causa de los diferentes comportamientos (Ramírez, 2017).

Andreas Meyer-Linderberg y Daniel Weinberger descubrieron que la estructura genética y el metabolismo cerebral hacen que los hombres portadores de la versión ‘L’ del gen MAO-A no puedan controlar su comportamiento agresivo; este gen es el encargado de degradar neurotransmisores como la dopamina, la noradrenalina y la serotonina, tres sustancias químicas de cuyo sutil equilibrio dependen la salud emocional y las reacciones ante el estrés en los seres humanos (Papaleo, 2006).

 

El debate sobre lo neurológico

Como cualquier conducta compleja, la agresión no es controlada por una sola parte del cerebro, el sistema nervioso de los seres humanos ha evolucionado para vivenciar de manera consciente una variedad de estados emocionales y también para responder de muy diversas formas al ambiente y sus exigencias.

Badillo (et al, 2020) indica que existe un sustrato neuroanatómico que controla la expresión de la agresión, la cual está formada por distintas estructuras neuronales que condicionan una respuesta comportamental multifactorial, condicionada por elementos biológicos, ambientales y psicológicos; los cuatro sistemas que participan en la expresión de la conducta agresiva son: el sistema somático, el sistema autónomo, el sistema endocrino y el sistema neurotransmisor.

Miller y Cummings (2007; citados en Liévano-Parra, 2017) haciendo uso de la Resonancia Magnética y la Tomografía por Emisión de Positrones han confirmado el vínculo entre el córtex prefrontal y la conducta agresiva, comprobando que las alteraciones en esta región cerebral se asocian con fallas de regulación y control emocional, impulsividad, irritabilidad, fallas en la planeación de la conducta y del comportamiento ético y moral.

Adicionalmente, el empleo de técnicas de neuroimagen ha permitido evidenciar los circuitos que se establecen entre el córtex prefrontal y estructuras subcorticales como la amígdala, el hipocampo o el hipotálamo, lo que demuestra la importancia de esta región cortical en la regulación cognitivo-emocional (Miller y Cummings, 2007; citados en Liévano-Parra, 2017).

 

Influencias bioquímicas

Las transformaciones bioquímicas en el cerebro participan en el desarrollo y manifestación de ciertas conductas; en el caso de la agresión no es la excepción.

Por ejemplo, algunos estudios han encontrado que la química sanguínea también influye en la sensibilidad neural a la estimulación agresiva; las personas violentas tienen una mayor tendencia a beber y a volverse agresivas cuando están intoxicadas (White y cols., 1993; citados en Myers, 2000).

La agresividad también está relacionada con la hormona sexual masculina, testosterona. En el rango normal entre adolescentes y adultos, los que tienen niveles altos de testosterona tienen mayor tendencia a la delincuencia, al consumo de drogas y a tener respuestas agresivas ante la provocación (Myers, 2000).

 

REFERENCIAS

Badillo, M., Rodríguez, A., Trejo, A., Arana, A. y Rodríguez, T. (2020). La fisiología de la violencia. Consultado el 1 de mayo del 2021. Disponible en:

http://revista.cleu.edu.mx/new/descargas/2001/Articulo13_fisiologia_violencia.pdf

Jara, M. y Ferrer, S. (2005). Genética de la violencia. Rev Chil Neuro-Psiquiat 2005; 43(3): 188-200. Servicio de Neurología, Hospital Militar de Santiago. Disponible en:

https://scielo.conicyt.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0717-92272005000300003

 

López, O. (2004). La agresividad humana. Revista Electrónica “Actualidades Investigativas en Educación”, vol. 4, núm. 2, julio-diciembre, 2004, Universidad de Costa Rica, San Pedro de Montes de Oca, Costa Rica. Disponible en:

https://www.redalyc.org/pdf/447/44740216.pdf

 

Liévano-Parra, D. (2017). Neurobiología de la agresión: aportes para la Psicología. Revista Vanguardia Psicológica / Año 4 / Volumen 4 / Numero 1, marzo-septiembre / pp. 69-85 / ISSN 2216-0701. Disponible en:

https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/4815164.pdf

 

Myers, D. (2000). Psicología Social. Colombia: McGraw-Hill.

 

Papaleo, C. (2006). Comportamiento violento: ¿hereditario o adquirido?. Consultado el 3 de mayo del 2021. Disponible en: https://www.dw.com/es/comportamiento-violento-hereditario-o-adquirido/a-1962646-0

 

Ramírez, M. (2017). Genes y personalidad. Consultado el 4 de mayo del 2021. Disponible en:

http://bioinformatica.uab.cat/base/documents/genetica_gen201617/portfolio/personalidad%20y%20genes2017_6_14D2_16_322017_6_16P13_5_43.pdf

Jesús Emmanuel Martínez Velasco
jemartinez@clea.edu.mx

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